Los comienzos: energía y entusiasmo
Descubrí el buceo por diversión, gracias a una amiga, durante un viaje por el sudeste asiático. El mundo submarino, la sensación de libertad y la ingravidez me atraparon completamente. Tanto que terminé quedándome a vivir en Asia, concretamente en Tailandia, empezando así mi carrera profesional como buceadora, dejando atrás mi vida en Argentina sin pensarlo demasiado.

La isla era increíble, un sueño para cualquier persona que pasara por allí. Y claro, al principio todo era pura diversión: días enteros bajo el agua con amigos —luchando por no perder el regulador de la boca con tanta risa—, diversión en la superficie y descubrimientos que me hacían sentir viva. Vamos, que nos la pasábamos increíble. Mis primeros cursos, mis primeros alumnos, la emoción de enseñar y acompañar a otras personas en esta experiencia…todo me llenaba de energía y entusiasmo. Y así es como me quede allí durante 3 años.
El choque de realidad
Pero, poco a poco, las cosas cambiaron. Bucear dejó de ser solo un disfrute y se convirtió en una carrera. Una carrera contra el tiempo, contra los horarios y contra el cansancio. El ritmo frenético reemplazó la libertad que tanto me había atraído, y lo que antes era pasión empezó a sentirse como una obligación.
Dábamos cursos uno tras otro, salíamos del agua para volver a entrar, con tanques, alumnos y planillas. La presión crecía creando competencias entre amigos (y no tan amigos, también). Entonces empecé a preguntarme: ¿en qué momento el mar, ese lugar que me había hecho sentir tan libre, se había convertido en una oficina sin techo e insegura donde lo único que contábamos era la cantidad de certificaciones emitidas?
Trabajábamos en lo que coloquialmente llamábamos “la fábrica de certificaciones”. Todo giraba en torno a números, objetivos y resultados. La salud física y mental de los instructores casi no importaba. Y claro, así era fácil perderse en ese ritmo y olvidar por qué habíamos elegido el buceo en primer lugar. Enseñar a respirar se había vuelto literal: respirábamos para cumplir tareas, no para disfrutar del agua.




Volver a disfrutar
Hasta que, un día, el cansancio se convirtió en aviso. Algo dentro de mí me decía que había otra manera de bucear, de enseñar y de vivir el mar. Fue entonces cuando descubrí un lugar distinto, un espacio donde el buceo no se mide en certificados, sino en experiencias y en acompañamientos. Aquí, la calma es el instructor principal, la conciencia es la norma y el respeto no se negocia.
Bajo el agua, cada respiración tiene su tiempo. La ingravidez invita a sentir el cuerpo y a escuchar la mente. Cada burbuja que sube me recuerda que puedo ir despacio, que no hay prisa. Enseñar ahora significa acompañar, observar, compartir la maravilla de un coral, la danza de un cardumen, el silencio que se siente en lo profundo del océano.
Hoy, cuando me sumerjo, no busco profundidad. Busco silencio. Busco esa sensación de estar completamente presente, conectada con el mar y conmigo misma. El buceo me enseñó que el tiempo no siempre es línea recta, que se puede fluir y que, a veces, las pausas son tan importantes como los avances.
Quizás ahí abajo no solo aprendemos a bucear, sino también a respirar distinto, a mirar con más atención y a encontrar un espacio de calma que podemos llevar a la superficie. Y en ese silencio, descubro que mi mirada sobre el buceo y sobre la vida cambió para siempre.
Pili, Fundadora de House Reef









